En ti, Señor, me he refugiado;
No sea yo avergonzado jamás.
Salmo 71:1
Experimentamos luchas de forma continua y cualquier tipo de derrota trae vergüenza. El ejército perdedor que ha sobrevivido en una guerra es ridiculizado por el vencedor. El que maltrata a otra persona se burla y desprecia al que considera más débil. El que es esclavo de una adicción o hábito se siente humillado, sobre todo cuando es descubierto.
La vergüenza atenta contra nuestra dignidad y la combatimos con todas las herramientas que tengamos a mano, a veces de forma más honesta y abierta y otras ocultando la realidad a los que nos observan. En cuanto al origen, puede que la humillación venga por nuestra propia falta y somos responsables de ella. Pero puede que la burla sea inmerecida por parte de otros que acosan y denigran sin razón alguna, como está sucediendo en los centros escolares con el bullying.
Dios se preocupa por la vergüenza que podamos pasar y se ofrece como refugio y salida a la misma. Primero, porque ante el desprecio del ser humano, él nos ofrece dignidad. Él dispone de un amor que redime nuestro ser ante sus ojos y nos considera valiosos para él. Luego, porque en su refugio nos permite no deslizarnos para hacer lo que de verdad es motivo de vergüenza, fallarle a él. Por último, porque él nos ha ofrecido el perdón que restaura a nuestra persona.
El lugar, y no tanto herramienta, en el que podemos sacudirnos la humillación es la presencia de Dios. El salmista afirma que acude continuamente a su presencia (v.3). Dios ha dispuesto que podamos acceder a su presencia, ya sea en nuestra soledad como en la comunidad. Allí encontramos el amor y la valía que nos basta.
Foto de Amin Vahedinia en Unsplash
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