¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?

Mateo 20:15

En términos generales deseamos que los demás sean buenos, generosos y no malos y egoístas. Sin embargo, nuestro corazón no es tan simple como suponemos. Cuando vemos que una persona es muy generosa con otros y no con nosotros, la situación ya no nos agrada tanto. Nos gustaría que se nos diese tanto como a los demás. Si a eso se le añade que no existen razones por las que otro se merezca lo que se le da, menos aceptamos la bondad. Al final, si somos sencillos, muchas veces nos desagrada la bondad de algunas personas. De hecho, la podemos valorar como una generosidad injusta.

Pero cuando entramos en el mundo de Dios que se rige por la gracia y la verdad, nos introducimos en una forma de vivir que se regula por un tipo de generosidad que no podemos controlar como desearíamos. Casi nos parece una vida gobernada por el desconcierto y el riesgo, donde cualquier cosa puede suceder. De hecho, el caso es que incluso todo aquello que se nos promete, lo podemos pedir, pero no exigir. Entra dentro del criterio de Dios el darlo y la forma de hacerlo. Ya se trate de necesidades físicas, de sueños o incluso de experiencias de intimidad con él. El reino de Dios tiene eso, que la gracia no se exige, sino que sólo se espera y se recibe cuando llega.

Es interesante pensar en ello, porque en la relación que tenemos con Dios y con los demás, aquello que nos debe mover no es la obligación, ni tendríamos que estar exigiendo nada a nadie. Tango una cosa como la otra es un trabajo que agota. Por el contrario, cuando se vive en la confianza (fe) de que el otro nos va a cuidar, y nos preocupamos por cuidar al otro (amor), se deja de exigir y se deja de dar por obligación, lo que produce descanso. Y es que en sí mismo, cuando se exige o se da por obligación, la gracia deja de ser gracia.

Y aquí entra el supuesto riesgo. Porque quizá podemos ver que hay hermosura en vivir de esta forma, pero ¿quién es primero que se arriesga a confiar en Dios o en los demás para dejar de exigir y esperar su amor? Al final queda la desconfianza de que dar este paso es exponerse a que se aprovechen de nosotros, a quedar en el olvido, a desgastarnos inútilmente. ¿A quién quiere Dios enviar para darle la vuelta a la idea de que es la obligación y la exigencia lo que debe marcar la vida y que debe ser la gracia? Envió a Jesús, lleno de gracia y de verdad. Se entregó hasta la muerte, pero el Padre lo exaltó hasta lo más alto y literalmente, partió la historia en dos. Ahora llama a su iglesia a continuar su camino.

Foto de Benjamin Zöller en Unsplash