Oh congregación, ¿pronunciáis en verdad justicia?
¿Juzgáis rectamente, hijos de los hombres?
Antes en el corazón maquináis iniquidades;
Hacéis pesar la violencia de vuestras manos en la tierra.
Salmo 58:1-2
Vivimos en una sociedad corrupta, en la que la pérdida de valores éticos se observa continuamente en los periódicos. Quizá no estemos peor que otros años, pero seguro que mejor no estamos. El corazón de las personas, desde quien tiene más poder hasta el que no lo tiene, se degenera y se corrompe. Por eso, no podemos esperar que de un interior ponzoñoso salga un gobierno favorecedor para la sociedad (v.2-4).
Porque este salmo habla de líderes, que incluso en Israel, el pueblo de Dios, se dejaban seducir por la maldad y la corrupción de su propio corazón.
¿Cómo tratamos con Dios sobre esta realidad en la que aún hoy vivimos? Este salmo es una forma incompleta de hacerlo. Nos muestra una parte de la verdad: el deseo de justicia que se alberga de los que sufren el abuso. ¿Por qué incompleta? Porque incluso para ellos hay un tiempo de redención.
En el corazón de los seguidores de Cristo tendría que convivir una lucha por la justicia (que se clama en este salmo) y por la misericordia que alcance a cada ser humano injusto, incluido nosotros.
Oramos por nuestros enemigos, y a su vez oramos por la justicia final y clamamos por los que sufren injusticias del poderoso. Todo ello envuelto en un ruego “Ven Señor Jesús”.
Foto de Elimende Inagella en Unsplash
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