Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad
Romanos 1:18

Cuando pensamos en la ira de Dios, quizá nos centramos tan sólo en sus consecuencias y en las formas en las que podría manifestarse hacia nosotros, como desastres naturales, guerras o incluso la muerte. Quiero proponer otros aspectos que también pueden ser importante que pensemos en ellos.

Somos relevantes

En primer lugar, el Dios de toda paciencia no se molesta por nimiedades. Es decir, la realidad de su ira ante la injusticia del ser humano nos habla de la importancia que tenemos para él. Nos guste o no esta idea. Quizá preferiríamos pasar desapercibidos, pero no es así. Uno de los amigos de Job le dijo en uno de sus discursos: ¿es que las piedras se moverán por ti? (Job 18:4). Él le planteaba a Job que no era tan importante para que Dios se preocupara por él. Y la respuesta realmente es que sí, a pesar de nuestra insignificancia, Dios nos ha creado para que seamos relevantes para él. Y su ira lo testifica.

Es más, su amor y gracia se hacen aún más abrumadores y “escandalosos” cuando nos damos cuenta de lo afectado que está Dios por nuestra injusticia. Su amor y gracia sobreabundó en Cristo para que él recuperara su relación con nosotros. Y cuanto más tenemos presente su reacción ante nuestra rebelión, más nos sorprenderá su entrega por nosotros.

La ira no es transformadora

En segundo lugar, el hecho de que nos preocupen sólo las consecuencias de la ira es un indicio de que aún estamos lejos de amar a Dios por quien es. El amor hacia Dios debería movernos no tanto a evitar las consecuencias del castigo, sino a no producir en Él el malestar de la ira. Es lo que desearía cualquier padre de sus hijos, que sus hijos no le tuviesen miedo, sino que le amasen.

El temor a la ira de Dios no es transformador. La ira de Dios es real, está presente en él. De hecho Pablo dice que finalmente se revelará, se hará visible, porque ahora está oculta. Pero la ira nunca es transformadora, el miedo no cambia a nadie, sólo lo “controla”.

Más adelante Pablo señala el verdadero problema: el corazón duro que no ha sabido apreciar la gracia de Dios, su paciencia, bondad y paciencia (Rom 2:4-5). La persona que vive para Dios no es aquella tiene mucho miedo a Dios, sino la que se ha visto desbordada por su amor (Romanos 5:5-8).

Foto de Andre Hunter en Unsplash