1 Dios, Dios mío eres tú;
De madrugada te buscaré;
Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,
En tierra seca y árida donde no hay aguas,
6 Cuando me acuerde de ti en mi lecho,
Cuando medite en ti en las vigilias de la noche.
Salmo 63:1 y 6
La unión con Dios es una enseñanza resaltada en el Nuevo Testamento, sobre todo en nuestra relación con Cristo. En el Antiguo esta idea no es tan explícita, aunque sí está presente quizá de forma más escondida.
En este salmo, por ejemplo, tenemos expresiones de anhelo de Dios que apuntan a esa búsqueda de estar unido a él: “mi carne te anhela” (v.1); “mejor es tu misericordia que la vida” (v.3); “en las sombras de tus alas me regocijaré” (v.7); “está mi alma apegada a ti” (v.8).
Si bien esta realidad de unión con Dios depende poco de nosotros y más de su gracia, el salmista nos da una pista de cómo vivir este anhelo: encontrándonos con él desde la mañana y a la noche, que nuestro primer y último acto mental sea su persona (v.1 y 6).
El teólogo John Baille escribió un diario de oración personal que recopila abundantes oraciones para ser leídas y oradas en la mañana y en la noche. En ellas se muestran ejemplos de cómo ofrecer nuestro día presente a Dios y de cómo reflexionar al final de la jornada acerca de lo que hemos vivido. No hay duda de que parte del fruto de este ejercicio, si se hace de forma sincera y humilde, tendrá como fruto la consciencia de que vivimos para y junto a Dios.
Foto de Luis Villasmil en Unsplash
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