Visitas la tierra, y la riegas;
En gran manera la enriqueces;
Con el río de Dios, lleno de aguas,
Preparas el grano de ellos, cuando así la dispones.
Haces que se empapen sus surcos,
Haces descender sus canales;
La ablandas con lluvias,
Bendices sus renuevos.
Salmo 65:9-10

La tierra y nosotros

La salvación del pueblo de Dios está unida a la restauración de la tierra. Y lo que les sucede a uno y a otro está conectado. Esto es así porque es el mismo Dios quien suele hacer las cosas de la misma forma. Por ejemplo, lo podemos ver en la forma en la que Moisés describe la creación de Dios. Es sorprendente que los detalles nos sean tan familiares a nuestra vid. En un mundo oscuro, desordenado y vacío, Dios comienza a dar luz, poner orden y llenar (Génesis 1:1-3).

Aquí sucede algo parecido. De hecho, el versículo 6 une la realidad de la tierra con la de su pueblo: “Con tremendas cosas nos responderás tú en justicia, oh Dios de nuestra salvación, esperanza de todos los términos de la tierra, y de los más remotos confines del mar”.

Dios visita la tierra

Teniendo en cuenta esto, lo que quiero proponer es que leamos estos versículos que he destacado del salmo 65 primero pensando en la tierra física en la que vivimos, pero luego en el pueblo de Dios. Finalmente lo podemos hacer como personas individuales.

De ahí que podemos pensar que Dios visita su iglesia, la riega, la enriquece desde su río, porque de él brota agua viva (Juan 7:38). Con sus aguas ablanda los corazones y tierra que acogerán su semilla (Mateo 13:1-9) y hace crecer árboles de fruto o una vid viva (Juan 15).

Pero no es sólo pensar, sino que estas palabras se convierten en una fuente de oración. Con belleza podemos clamar a Dios que nos siga visitando, que su Espíritu que vive en nosotros siga haciendo su obra creadora en cada uno de nosotros.

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