No escondas de tu siervo tu rostro,
Porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme.
Acércate a mi alma, redímela
Salmo 69:17-18a
Vivimos entre el deseo de intimidad y el temor al abandono. Las formas en las que cada uno lucha o resuelve esta tensión pueden ser diversas. David G. Benner escribe que “millones de personas temen las relaciones íntimas, porque han experimentado rechazo o abandono por parte de un progenitor, un amigo o un enamorado”1. Yo conozco algo de mis propias luchas sobre ello y sería bueno que cada uno reflexionase en las suyas.
El caso es que como hijos del Creador, puede que por nuestra propia historia con los abandonos sufridos y cometidos, tengamos también tensión con la forma en la que nos relacionamos con Dios mismo, deseando su intimidad, pero temiendo también su abandono o silencio. Y todo esto nos influye en nuestra capacidad de amar tanto a él como a los demás.
El salmista muestra en este salmo esta tensión: se preocupa porque Dios no le mire (una forma de abandono) y le ruega que se acerque (que esté presente). El rostro es la presencia de la otra persona. Y es totalmente alucinante que un Dios tenga un “rostro” con una mirada dirigida a cada uno de nosotros.
Incluso Cristo se sintió abandonado por su padre, sin embargo, se entregó a él en amor. Algo que no puede hacerse sino en la seguridad de que su padre finalmente lo acogería.
Dios no es un Dios que abandone, aunque en ocasiones lo sintamos lejos. De hecho es el único ser que promete estar a nuestro lado y no fallar nunca cada vez que acudamos sinceramente a él. Y buscar esa confianza en Dios y experimentar intimidad con él puede convertirse en un camino que resuelva la tensión que tenemos a la hora de relacionarnos con los demás.
1. David G. Benner. Entregarse al Amor.
Foto de Dan Gribbin en Unsplash
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