No soy de las personas que cuando llega el inicio de un año hace revisión de lo que ha pasado y se pone nuevas metas. No considero que esté mal, pero en mi caso, tengo una meta permanente: ser como Cristo y estar unido a Él.

Si quisiera que algo nuevo pasara en este año que se inicia, sería lo siguiente: que la realidad de vivir en Cristo sea más patente en mí. Tanto Jesús como otros escritores hablaron de una experiencia viva y real con Él:

Estar lleno del Espíritu (Efesios 5:18);

Tener vida en abundancia (Juan 10:10);

Estar arraigados y fundamentados en amor (Efesios 3:17);

Ser más que vencedores (Romanos 8:37);

Recibir bendiciones que sobreabundan, que salen de las ventanas abiertas del cielo (Malaquías 3:10);

Tener yaz como ríos (Isaías 48:18) y agua viva en nuestro interior (Juan 4:10);

Disfrutar de un gozo indescriptible (1 Pedro 1:8).

Me niego a pensar que esto son tan sólo metáforas que describen experiencias disminuidas de nuestra fe. Por eso, más que deseo u objetivo, me decanto por un ruego a Dios: “quiero que lo que me ofreces, de vivir la vida en ti, sea más real. Porque tú lo deseas. Quiero entregarme para que, como salvador y rey que eres, tomes mi vida y pueda dejarme amar y vivir por ti”.

Foto de NEOM en Unsplash