Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma!
Volaría yo, y descansaría.
Salmo 55:6
Desde la psicología he escuchado alguna vez que tenemos tres reacciones primarias cuando nos sentimos amenazados: respondemos hacia adelante de forma agresiva, es decir atacamos a lo que nos amenaza; o podemos paralizarnos, nos quedamos sin respuesta, bloqueados; o reaccionamos con la huída.
En este salmo, David expresa el deseo de huir. Aunque, por lo que sabemos de él, no es un hombre que se caracterice por no afrontar las luchas, su situación es tan desesperada que siente verdadero terror (vv. 4 y 5). Dentro de sí su deseo es poder tener alas y volar e ir a un lugar en el que pudiese tener paz. Claro que eso no es posible y por ello clama por la respuesta protectora de Dios.
Contrastando esta reacción con el evangelio, pensaba que Jesús, en una situación rodeada de miedo, donde también sus más cercanos le traicionan (v.12-14), no toma ninguna de estas tres perspectivas. Él no agrede, aunque algunos quisieron que lo hiciera. Tampoco huye, ni se queda paralizado.
El evangelio es ir hacia adelante, entregarse y afrontar el miedo en base a una victoria asegurada. Sumergirnos en la forma de afrontar que tuvo Jesús la vida, dando pasos hacia la renuncia, nos permite ver nuestra persona y nuestra historia desde una perspectiva distinta que nos capacita, por medio de su presencia, afrontar los miedos por un camino diferente.
Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Hebreos 12:2
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