Introducción

¿Quién eres y cuál es la historia con la que cargas? Quizá una historia de éxitos, reconocimiento, poder, influencia. Miras hacia atrás y dices, todo ha ido bien. He sabido llevar mi vida hacia algo bueno.

O quizá una historia de dolor, no por tu culpa inmediata, sino por lo que te ha tocado vivir, por cómo te criaron tus padres, por tus posibilidades económicas y de estudio, por decisiones que afectaron tu vida, por problemas físicos, por no ser atractivo o quizá por ser demasiado atractivo.

Cristo está dispuesto a prestar atención a cualquier persona sea cual sea su trasfondo. Y estas historias de los capítulos ocho y nueve de Mateo lo expresan así: leprosos, extranjeros, endemoniados, ricos, pobres, incluso con poca o con mucha fe.

Y en este relato concreto tenemos a dos personas muy distintas: un hombre y una mujer, alguien solo y otro muy acompañado y apoyado socialmente, un hombre influyente y una mujer apartada, probablemente sin la posibilidad de construir una familia. Pero los dos fueron recibidos por Jesús, los dos recibieron de su gracia.

Así que quiero que empieces por pensar en esto: no importa cuál es tu historia, Cristo tiene su puerta de atención abierta para cada uno de nosotros. 

La persona de Cristo

Quiero empezar con un intento de que nos metamos en cómo presenta Mateo a Cristo en estos pasajes. En los relatos de los capítulos 8 y 9 hay una pregunta que surge: ¿quién es este? Se expresa el asombro, la extrañeza, sorpresa por lo que él está haciendo, porque de hecho hace cosas que apuntan a que no es como cualquiera de nosotros, y no sólo porque tenía poder, sino por lo que ese poder significaba.

  • No era normal que con hablar y con tocar a las personas se curaran. 
  • No era normal que el mar obedeciera a su voz, como si fuera Dios.
  • No era normal que perdonara la maldad de alguien, como si Jesús fuese el responsable o el que recibiese ese daño.
  • Tampoco que dijera de sí mismo que él iba a buscar a los perdidos y enfermos, ni que hablase de sí mismo como la razón por la cual uno tenga que ayunar o no.
  • No era normal que incluso los demonios le obedecieran y como vamos a ver hoy, no era normal que incluso la muerte misma no pudiera hacer nada contra él.
  • Una persona que no sólo era distinta, sino que en él había algo que los demás no tenían.

Ante una persona de este tipo, sin embargo, era accesible. Las personas acudían a él y tenían confianza de que les podía atender. Sólo era cuestión de llegar a alcanzarle, a poder pedirle, o incluso a poder tocarle.

Las personas que convivieron con Jesús tuvieron el privilegio de ver al ser humano más glorioso que ha existido en toda la realidad. 

Enfrentarse a los evangelios es enfrentarse a Cristo y a poner nuestra mente en quién es él. Mucho antes de cómo tenemos que comportarnos, de encontrar ejemplos de amor, lo que debe estar en nuestra mente siempre es, ¿quién es Jesús? Y estar dispuestos a acercarnos a él con el corazón abierto a que ocurra lo que tenga que ocurrir ante su persona.

La extrañeza de este milagro

El milagro que se produce con Jesús en este relato es estraño. Y es que es un milagro que parece que proviene más de la magia que de la forma habitual en la que Cristo suele actuar. Cuando una mujer toca su manto, el poder de sanación sale de él como “sin permiso”. ¿Es esto es posible?

No es la única vez en la que esto se menciona. Sobre Jesús mismo, en Mateo 14:34-36 se dice que las personas le rogaban a Jesús tocar su manto y que eran sanos. También pasó algo parecido con los apóstoles. En un pasaje se dice que trataban de que la sombra de Pedro alcanzara a los enfermos (Hechos 5:15-16) y sobre Pablo, Lucas escribió lo siguiente: “Dios realizaba extraordinarios milagros por medio de Pablo, hasta el punto de que el simple contacto con los pañuelos y otras prendas usadas por Pablo bastaba para curar a los enfermos o expulsar a los espíritus malignos” (Hechos 19:12).

Esto aparece pocas veces en los relatos de Cristo y los apóstoles, pero lo cierto es que está y sobre todo para nuestros tiempos, nos resulta muy extraño.

Y aunque al principio me parece extraño, quiero dar una propuesta que me parece interesante. Y es recordar que en Cristo no sólo estaba él, sino también el Espíritu Santo que también tiene su voluntad. 

Y en esto hay algo hermoso. Porque no es una cuestión de una explicación, sino de algo que nos puede producir admiración. Porque ahora somos nosotros en quienes el Espíritu Santo vive y también puede hacer lo que quiere.

También podemos destacar que cuando la mujer toca el borde, con toda probabilidad se refiera a los flecos de los mantos que los varones debían tener. Eran como unos cordones con bolitas que les tendrían que ayudar a recordar la ley. Quizá la mujer tocara específicamente esa parte porque significaba para ella que era una persona santa o separada. Algunos creen que este hecho puede ser el cumplimiento de una profecía de Malaquías (4:2 o 3:20, según versión), porque donde normalmente se traduce como “alas”, también podría traducirse como flecos. Pero es un poco complejo y atrevido llegar a relacionar estos textos. Sin embargo, se los dejo por si alguien quiere curiosear más sobre el texto.

En busca de la gracia de Cristo

Otra cosa a la que quiero animarles es a preguntarse ¿Cómo uno se acerca a recibir la gracia de Cristo? 

  1. La gracia no es pasiva, es una búsqueda. Incluso el texto tan conocido del hijo pródigo, al final el hijo dijo: voy a volver. En este caso (porque estos no son normas, reglas o pasos), el padre se quedó esperando. En los casos de la moneda y la oveja, fue a buscarlos. 

En el resto de pasajes, vemos a personas que reconocen que depende de la voluntad de Cristo, no es cuestión de merecerlo, ni merecerlo por pobre, ni por rico, ni por bueno ni por ser más malo que nadie. 

  1. La gracia, además, proviene de expresiones de fe distintas y comportándose en cada persona de una forma distinta.

El centurión dice, no vengas a mi casa, el principal este, ven a mi casa. Una mujer, sólo lo tocaré. Cuatro amigos llevan a un paralítico a donde estaba Jesús.

Pero para todos, el hecho de acercase y empezar a confiar en la persona de Jesús se le toma en consideración y se le abren las puertas a recibir de él. Y cada uno de ellos mostró su confianza de la forma que sabía o de la forma que en aquél momento era preciso.

  1. Pero si hay algo que coincide es la humillación y la valentía de exponerse. Un leproso y una mujer con flujo de sangre. Ambos se exponen al rechazo social porque son impuros. Un líder militar que es gentil, se expone a reconocer a otro como superior a sí mismo. El principado se postra ante Cristo, con todo lo que eso puede significar. No hay pasos correctos, son formas distintas de expresar necesidad, reconocimiento y confianza en él.

Es el reconocimiento de la persona de Cristo.

El valor de cada persona

El caso es que Jesús, a quienes se acerca, les muestra atención. Algo que sigue siendo posible hoy en día. Lo podemos ver en dos detalles:

  1. A Cristo lo interrumpen. Generalmente, las cosas que interrumpen nuestra vida nos molestan. Pero Jesús se muestra tranquilo con las cosas que le van sucediendo. Para él una interrupción fue una forma de hacer lo que tenía que hacer. Una vez escuché que, en base a la historia del buen Samaritano, que el amor es tener una agenda abierta, es tener espacio para que puedan ocurrirnos cosas que nos pidan la muestra de nuestro amor.
  1. En el texto, un hombre pide por su hija. Y es curioso que cuando Jesús se dirige a esta mujer la llama “hija”. Le dice “Hija, tu fe te ha salvado”. Esto es prestar atención, porque son palabras que muestran afecto. Hay una implicación personal y concreta hacia ella.

No puedes pensar que puedes acercarte a Dios y que él no te reconozca. Dios no tiene ningún deseo en que recibas algo de él sin que tengas que ver con él. 

Por otro lado también es un ejemplo para pensar en nuestro pensamiento. ¿En qué vas pensando cuando vas por la calle? ¿Dónde está tu pensamiento cuando ves a quienes te rodean?

La mente de Cristo está pendiente de los que están cerca, de sus prójimos, que es lo que quiere decir esa palabra. Es una mente dispuesta hacia los demás.

En el capítulo 1 de Juan dice: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:11-12) Curiosamente, a esta mujer le llamó “hija”. El nos ve como algo suyo, no sólo a quienes pertenecían a Israel, sino a toda criatura. Te mira y te reconoce como algo que le perteneces, aunque te da la opción de alejarte de él y de vivir de espaldas a él.

¿Podremos ver a los demás como seres que pertenecen a Cristo y por quienes Cristo se ha entregado?

La victoria sobre la muerte.

Aquí hacer el repaso: Cristo es Dios, porque ha ido mostrando su poder sobre la realidad y aquí anticipa la victoria sobre la muerte.

Foto de Joshua Burdick en Unsplash