No somos salvadores de nadie

Dios  dice una y otra vez que nuestro interior busca y clama por algo que no tenemos. El Salmo 63 habla del bramido de los ciervos sedientos, Jeremías 2 de la búsqueda de pozos que no retienen agua, Eclesiastés de la frustración del sin sentido de la vida. Así podríamos continuar con más imágenes de ese vacío. Jesús en conversación con la mujer samaritana habla también de la esa sed que sólo en Él puede ser saciada.

Al no tener esto en cuenta, que sólo en Dios está la salvación (Hechos 4:12), solemos caer en un error que afecta a nuestras relaciones personales, sobre todo a las más íntimas o estrechas: 

  1. Por un lado, el de exigir a los otros lo que jamás nos pueden dar. Podemos convertirnos en personas que demandamos del otro que nos hagan sentir completos y plenos: amados, apreciados, valorados, en definitiva, que nos salven. Si fallan, nuestro dolor se convierte en exigencia, enfado y decepción.
  1. Por otro lado, podemos ser aquellas personas que fallo tras fallo nos esforzamos por dar plenitud a quien amamos, convertirnos en sus salvadores, esforzarnos por ser perfectos, por no cometer ningún fallo, por entregarlo todo, por llegar a unos estándares que nos pone el otro y a los cuales nunca llegaremos, porque el otro no podrá obtener de nosotros lo que de verdad ansía. Y nos sentimos cada cierto tiempo frustrados, desilusionados y hundidos. Es decir, cada vez que cae sobre nosotros el peso de la realidad de no llegar.

Todos de alguna manera formamos parte de esta dinámica dañina, a veces desde uno de los lados, a veces en el otro. Sobre todo sucede en las relaciones familiares, aunque también se da en menor medida en las amistades. En todo esto quizá podemos encontrar ciertos alivios, cuando el otro cubre temporalmente lo que me hace falta y cuando me valoran porque encuentran en mí algo que les suple. Pero tarde o temprano, la necesidad de Dios y de un salvador mejor vuelve a surgir.

Por eso, sólo Cristo es salvador, sólo Cristo es el Mesías. Al comprender esto, quedamos liberados para establecer relaciones más sanas y me gustaría exponer aquí algunas razones:

  • En primer lugar, el reconocer que no vamos a salvar a nadie nos conduce a no llevar una carga que no nos corresponde. Esa aceptación necesaria produce alivio y libertad. Añade cierta preocupación, porque es difícil a veces soltar el control y el deseo de ser ese salvador, pero reconocerlo será sólo admitir la verdad del hecho.
  • En segundo lugar, lo que sí nos corresponde es acompañarle a vivir, a veces conjuntamente, al lado del que sí puede salvar. Como aquellos que llevaron a su amigo paralítico a los pies de Jesús. No estoy hablando de evangelización, que la incluye, sino de comunicar cómo se vive con el Salvador, cómo Cristo salva de verdad, cómo es vivir en el reino que Él inauguró.
  • En tercer lugar, nos libra de exigir a los demás que nos den lo que no pueden darnos, por lo que en sus fallos los podemos tratar con misericordia, con la misma que necesitamos y hemos recibido nosotros en nuestros propios fallos
  • En cuarto lugar, nos permite dar y entregarnos libremente por amor, sin pretender salvar, sin pretender devolver una deuda. Por una parte nosotros estamos completos en Cristo y por otra parte el otro sólo puede estarlo en Cristo (o ya lo está). Nuestra respuesta de amor está libre de exigencias o de deuda, simple y maravillosamente está impulsada por lo que ya hemos recibido. Dar de gracia.
  • En quinto lugar, cuando seguimos fracasando al equivocarnos frente a quien amamos, cuando le hacemos daño, estamos libres de pensar que está bajo nuestra responsabilidad toda la carga de la perdición del otro. Eso no es posible, porque nunca fuimos su salvador. Eso significa la posibilidad de recibir el perdón de gracia de parte de Dios y de parte del otro, la inutilidad al tratar de compensar los fallos o de obtener una recompensa por algún tipo de penitencia, y la posibilidad de descansar en quien sí puede salvar a la persona que  hemos dañado y a quien amamos. Todo esto abre la puerta a una reconciliación y a la reparación y sanación de heridas en base al amor.

Photo by Austin Kehmeier on Unsplash

6 Comentarios

  1. Justo Juan ValerónMonzón

    Nada que comentar, ya que estoy de acuerdo en todo lo escrito es la pura verdad no somos los salvadores quizá si cooperadores pero nada más.

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    • Efraín Martín

      Gracias por el apoyo, y apreciaré cualquier comentario si no estás de acuerdo, mi deseo es corregir todo aquello que no le agrade a Dios. También te animo a suscribirte para que estés al tanto de los próximos artículos. Un saludo en Cristo.

      Responder
  2. Lara

    Me pregunto cómo se sentía Jesús al saber que iba a pagar la deuda que nosotros teníamos con Dios

    Responder
    • Efraín Martín

      Es un misterio conocer ese dolor y ese amor, gracias!!!

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  3. Israel

    Que buena reflexión. Después de lo que has dicho y el comentario de Lara, también me quedé pensando cómo debía sentirse Jesús al saber que el sí tenía que hacer un recorrido doloroso para salvarnos. Es difícil no sentirse uno responsable de la salvación de los que más quieres. Pero lo que se puede hacer es acompañar, enseñar y descansar que el Señor hará todo lo demás.

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    • Efraín Martín

      Gracias Israel, sí, estos últimos días estoy pensando en lo que significa eso de «acompañar».

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