Se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué.
No sean avergonzados por causa mía los que en ti confían, oh Señor Jehová de los ejércitos
Salmo 69:4b y 6a
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Dos posturas encontradas
Los versículos 4 y 6 resaltan dos formas de reaccionar hacia las personas que son muy diferentes. La primera es la actitud que recibe el salmista de sus enemigos. Él afirma que tratan de destruir su vida sin ninguna razón. Parece que le acusaban de haber robado sin ser cierto. Esta reacción hacia un inocente es una expresión de maldad absurda del ser humano: el deseo de hacer daño a otro sin más.
La segunda actitud es totalmente contraria. Es un ruego para que la propia vida del salmista nunca afecte a otros ni siquiera produciéndoles vergüenza. Tiene en mente sobre todo a aquellos que confían en Dios, no deseando afectar a su fe. Y es que el salmista es consciente de que su propia vida tiene repercusiones en sus próximos o prójimos, en los que tiene cerca.
Cuidando nuestra estela
En medio de estas dos posturas podemos encontrar otras que parecen inocentes pero que quizá no lo sean. Y este salmo puede ayudarnos a reflexionar en ello. Porque el egoísmo es muy sutil. Quizá no nos consideremos personas que buscan hacer el mal sin motivo. Pero puede ser que no nos importe tanto lo que la estela de nuestra vida afecte a otros.
Entonces decimos cosas como: no lo hacemos adrede, la gente es hipersensible, tenemos nuestros derechos, que se adapte a nosotros. Todo esto puede ser verdad y los casos son múltiples. De hecho hay actos que producen heridas que quizá nos va a ser imposible de evitar.
La cuestión no es que vivamos de tal forma que consigamos no hacer nunca daño a nadie, sino si nuestro empeño está dirigido a que, en la medida de lo posible, lo evitemos. Y más si ese daño va a significar minar la confianza en Dios, que podría ser el mayor daño posible.
Foto de Louise Whelan en Unsplash
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