Mires donde mires estos días, el mensaje es el mismo. Anuncios, postales y discursos nos bombardean con palabras bonitas: amor, esperanza, unión, solidaridad y ayudar al prójimo. Suena bien. De hecho, suena perfecto. ¿Quién podría estar en contra de ser buena gente?
El problema es que, si definimos la Navidad solo como una época para ser amables y solidarios, nos estamos perdiendo la película completa. Nos estamos quedando con el envoltorio y tirando el regalo.
Esa es la razón por la que el mensaje cristiano hoy en día apenas hace ruido en la sociedad. Lo hemos suavizado tanto para «caer bien» a todo el mundo, que ha perdido su fuerza original.
El problema de la «Navidad Descafeinada»
Imagina que vas a una fiesta de cumpleaños, pero nadie menciona al cumpleañero. Se come pastel, se brinda, se habla de la amistad… pero se ignora al protagonista. Eso es lo que hemos hecho con la Navidad.
Hemos convertido un hecho histórico y revolucionario en un simple «estado de ánimo».
Decir que el corazón de la Navidad es solo «la solidaridad» es quedarse muy corto. Para ser solidario no necesitas la Navidad; puedes serlo en agosto. Para tener esperanza o querer a tu familia, no hace falta fe, basta con ser humano. Las ONGs y los clubes sociales ya hacen eso maravillosamente bien.
Si los cristianos solo ofrecemos «buenos deseos», no ofrecemos nada nuevo. Ofrecemos lo mismo que un anuncio de refrescos, pero con villancicos de fondo.
Lo que realmente pasó (y por qué importa)
La Navidad original no va de lo buenos que podemos llegar a ser nosotros. Va de reconocer que, a veces, no podemos solos.
La realidad cruda de la Navidad es esta: el mundo estaba roto y necesitaba arreglo. Nosotros estábamos perdidos y necesitábamos un mapa. La Navidad no es un recordatorio de que debemos abrazarnos más; es la celebración de una intervención.
Es el momento en que Dios dejó de ser una idea lejana y se convirtió en una persona: Jesús.
Ese es el mensaje que incomoda, pero es el único que importa. No se trata de «magia», se trata de historia. Un bebé nació para arreglar lo que nosotros habíamos estropeado. Eso es mucho más potente que simplemente decir «sed buenos los unos con los otros».
Por qué ya no impactamos a nadie
¿Por qué el mensaje cristiano a veces parece irrelevante hoy en día? Porque nos da vergüenza hablar claro.
Preferimos hablar de «valores universales» para no ofender. Pero al hacerlo, nos volvemos invisibles. Si la sal pierde su sabor, no sirve para nada. Si la Navidad pierde a Jesús para centrarse solo en «el amor» en abstracto, se convierte en una fiesta vacía.
El mundo no necesita que le repitan que «hay que ser solidarios» (eso ya lo sabemos, aunque nos cueste). El mundo necesita saber que no está solo en el universo. Necesita saber que hubo un día en que el Cielo bajó a la Tierra.
Volver a la esencia
Si queremos vivir una Navidad real, tenemos que dejar de censurarla.
Claro que la solidaridad y el amor son vitales, pero son la consecuencia, no la causa.
Ayudamos y amamos porque entendemos lo que se hizo por nosotros primero.
No tengamos miedo de decirlo: la Navidad es Jesús. Sin Él, solo nos queda invierno, luces de colores y buenas intenciones que se olvidan en enero. Con Él, tenemos una esperanza que dura para siempre.
Dejemos de vender una copia barata y volvamos a compartir el original.
Foto de Sixteen Miles Out en Unsplash
Comentarios recientes