Gloria concedida, no merecida

“Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno”
Juan 17:22

Si algo tenemos de qué gloriarnos, de considerarnos importantes, será gracias a la cruz de Cristo (Gal 6:14), porque él nos hace valiosos. Nosotros nada tenemos que ofrecer, siervos inútiles somos (Lucas 17:7-11).

Esto lo sabemos, pero hay situaciones que nos hacen ver lo misterioso y lo lejos que estamos de asumirlo. Cuando nos sentimos avergonzados por nuestro pecado o incompetencia y nos cuesta aceptar la gloria concedida, cuando deseamos gloria por nuestro esfuerzo y no se nos considera, cuando tratamos a otro indignamente olvidando la gloria que se le ha dado, cuando el peso de la comparación entre unos y otros nos domina. Nos cuesta entender que el valor que recibimos no es por quienes llegamos a ser o a hacer, ni por lo que logramos, sino que nos ha sido otorgado. El hecho de pecar o no pecar, conseguir o no conseguir, no disminuye o aumenta el valor o la honra que tenemos, que es siempre la misma, la de Cristo.

Claro que esto no significa que en nuestro corazón esté el deseo de ser y hacer las cosas que le agradan, esto es bueno, y lo contrario horroroso. Pero nunca olvidar que toda gloria que recibiremos la tendremos porque él nos la concede por gracia. Mi deseo es que Dios me ayude a no luchar por la gloria propia, mi prestigio, no defenderme y revolverme por mantener mi honra, sino a gozarme por el regalo (la gracia) de que Cristo haya compartido su gloria.

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