Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Mateo 6:9-11

Cómo aprendemos a orar

En muchos libros, estudios o clases se nos enseñan los distintos ámbitos de la oración. Entre varios, se hace una distinción entre las peticiones y la intercesión. En realidad ambas cosas son peticiones, pero en las primeras ponemos nuestras situaciones particulares y en las otras entramos en la causa de otras personas. 

Esto no está mal en sí. Eso sí, algunos maestros recomiendan empezar con la intercesión para que, de alguna forma, regulemos nuestro egoísmo. No es bueno que  nuestras oraciones dominadas mayoritariamente por nuestra propia persona.

El matiz del nosotros

Sin embargo, Jesús nos enseñó a orar con un matiz interesante: utilizando la primera persona del plural, “nosotros”.

Si sólo hablamos en términos de “yo” y “los demás”, lo que nos podría pasar es que nos olvidamos de que hay un “nosotros”. Reforzamos nuestra separación e individualidad (que tampoco es anularla). Olvidamos que somos una comunidad que comparte experiencias, problemas y necesidades. Lo que ocurre es que las necesidades no son sólo de uno, sino que tendrían que ser compartidas. Jesús nos enseña que las carencias del otro se convierten en las mías. Es el “pan nuestro” y no “el pan de cada uno”.

Dicho de otra forma, al pedir por mi, estoy pidiendo también por los demás, porque formo parte de ellos. Al pedir por uno de mis hermanos, pido por mí porque su dolor  y necesidad también me pertenecen.

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