“Rompamos sus ligaduras y echemos de nosotros sus cuerdas”
Salmo 2:3.
¡Qué pena tener una concepción de un Dios que nos ata, que nos limita y no que nos libera! Dios nunca ha querido un pueblo esclavo, sino libre. Toda la historia de lo que ha hecho Él por su pueblo es la de quitarle lo que lo ata a sí mismo y a las circunstancias que lo rodean.
Si Dios ofrece libertad, su pueblo debe respirarla y manifestarla. Es triste que el pueblo de Dios dé la impresión de que las restricciones y el encorsetamiento sea un precio a pagar para obtener cierta recompensa de Dios. Claro, que todos sabemos que no es lo mismo libertad que libertinaje. Pero en pro de la lucha contra el libertinaje parece que siempre perdemos la frescura de la libertad.
Quizá escuchar las voces de quienes nos acusan de vivir reprimidos y oprimidos por principios puede ayudarnos a cuestionarnos cómo está nuestro corazón. ¿Sabemos explicar la libertad que nos ofrece vivir bajo la mano de Dios? ¿Nos caracteriza más el impulsar a otros a vivir en esclavitud a unas normas o en la libertad del servicio al creador y al redentor? ¿Es cierto que allí donde estamos se respira que “donde está el Espíritu de Dios hay libertad”? En definitiva, ¿estamos reflejando a un Dios que ata o libera? ¿Son el reflejo de nuestras relaciones el de la libertad o el de coartar? Puede que no sepamos responder claramente a estas preguntas, pero hacerlas es importante, buscando la guía y la respuesta de Dios en ellas.
La ética basada en el amor de Dios no es esclavitud, es vivir en libertad y debemos buscar vivirla de esa manera.
Foto de Elizabeth Morgan en Unsplash
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