Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?
Salmo 22:1

El abandono

Este salmo arranca con la experiencia del abandono, y el sentimiento de desamparo del salmista por parte del mismo Dios. A esta situación se le añade un fuerte conflicto. David está siendo perseguido y amenazado.

El abandono es una experiencia común para todos los seres humanos. Probablemente es una situación que de tiempo en tiempo todos nosotros valoramos, aunque con diferencia en la intensidad. Todos vivimos en algún momento el que alguien nos de la espalda. Todos en medio de un conflicto nos hemos sentido solos y dejados de lado. No es de extrañar que, honestamente, nuestro corazón albergue el pensamiento de que incluso Dios mismo lo ha hecho.

Reconociendo y expresando el abandono

Lo que hace el salmista, y sabemos además que hizo Cristo, es reconocer y expresar la realidad de su situación: me siento desechado por Dios, justo en esos momentos en los que además más necesitaría de su presencia.

Sin embargo, en nuestros entornos evangélicos, no tenemos permitido pensar o decir esto. Tenemos una verdad inamovible: que Dios nos acompaña siempre. ¿Cómo le vamos a confesar a alguien que sentimos que él nos ha abandonado? Tememos que otro pudiera reaccionar intentando convencernos de lo contrario, pero es que en esos momentos no deseamos discusiones teológicas que sabemos que vamos a perder. Tampoco deseamos que se nos valore de inmaduros por ello.

Porque claro que Dios tiene razón siempre, ¿no nos prometió que estaría con nosotros hasta el fin del mundo? ¿No nos prometió la presencia continua del Espíritu Santo? Sí, pero aún así, nos sentimos abandonados.

Conversando del abandono

Es por eso que quiero recomendar que podamos conversar entre nosotros con libertad cuando nos sentimos abandonados. Cuando nos enfrentamos a algo que nos sobrepasa y nos parece que Dios no interviene, ¿por qué no decir como Job que parece que Dios se ha olvidado de nosotros? Y en vez de hablar en esos momentos “teológicamente”, que expresemos comprensión.

En esas conversaciones podemos incluir el hablar de la experiencia del mismo Cristo y preguntarnos por qué incluso él vivió esa situación y dijo esas palabras. 

Hablar de todo ello puede que produzca en nosotros el alivio, porque la conversación hace que nos sintamos menos solos. Porque Dios utiliza al otro para darnos compañía. El no hacerlo puede producir más soledad. Por otro lado, poner la mente en que Cristo compartió la misma situación también consuela, recordando que su abandono fue para que nosotros dejáramos de ser personas perdidas y solas y convertirnos así en hijos de Dios, en acogidos.

Foto de Dan Gribbin en Unsplash