Los carros de Dios son miríadas, millares de millares;
El Señor está entre ellos en santidad, como en el Sinaí.
Salmo 68:17
Ciertos comentaristas expresan que el salmo 68 es algo oscuro. Su lenguaje no es fácil de traducir. Si consultamos varias versiones comprobaremos que hay bastante diversidad en cómo interpretar ciertas frases. Es el caso de este versículo, en el que encontramos variaciones en diferentes Biblias. Aún así es posible aprender algo de él.
Este salmo habla de un Dios victorioso recordando acontecimientos pasados. Aunque no es fácil determinar algunas referencias, hay una alusión que sí es clara: la gloria de Dios en el monte Sinaí. El salmista apunta al momento en el que, una vez que salen de Egipto, Dios muestra revela su esplendor en aquella montaña (v.8 y 17). Con ello, junto con otros pasajes, destaca la relevancia de su presencia en medio de su pueblo.
Una de las expresiones hermosas que utiliza para ello es que Dios está “entre su pueblo en santidad” (otras versiones traducen en su santuario). Nos recuerda que la gloria de Dios era tal que de hecho el pueblo temía acercarse y le pedía a Moisés que lo hiciera él (Éxodo 20:18-19). Pero aún así, él estaba en medio de su pueblo guiándoles en todo momento.
Esta es una idea tremenda, donde encontramos una especie de paradoja. Lo santo de Dios es lo que lo hace diferente y separado de los seres humanos, inalcanzable y temible. Pero a la vez mora en medio de su pueblo. Se acerca, pero a la vez deja manifiesto su distancia. ¿Es esto posible?
Cristo también está en medio de su pueblo y él permite que podamos experimentar la cercanía de Dios. Podríamos pensar que Cristo hace que la santidad de Dios no importe tanto, pero no es así. La santidad de Dios sigue siendo la misma. Lo que hace Cristo es que la paradoja sea más escandalosa, ya que el Dios santo se hace en Él cercano y accesible.
Foto de Artem Labunsky en Unsplash
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